Fue una tarde de esas en los que el largo camino a casa te
hace pensar en todo mientras observas por la ventana. Claro que me ayudó el increíble
tráfico al que aún no me acostumbro y quizá, no recuerdo bien, algún hecho que
me perturbó la tranquilidad. No había más que hacer que contemplar todo con un vacío
en la mente. En eso, no sé cómo, llegó a mí el recuerdo de esa noche en la que
dijeron que debía de operarme de urgencia por el bendito apéndice rebelde. Una
mezcla de miedo y cobardía me hizo desear morir, no quería que me abran –ya sabes, lo normal-
pero no me hicieron caso. Entonces, ¿qué hubiese sido si así pasaba? Mi muerte habría
sido horrible, sí, y en el tiempo que ha pasado no he hecho más que disfrutar
de lo que más amo hacer, conocí una que otra persona interesante, renegué bastante
pero reí aún más, perdí oportunidades, gané experiencias y amistades y, aunque
a veces el pánico llega, me sigo preguntando qué más me falta por vivir.
Algunos días creo haberle encontrado el sentido a esto, pero
cuando menos lo espero llego a sentirme como en medio del mar sin nada que me
guíe. Ha pasado muy poco tiempo y quiero hacer tantas cosas, quiero demostrarle
a mi lado cobarde que se equivocó.